Ya hemos tratado con anterioridad las películas vampíricas de León Klimovsky La orgía nocturna de los vampiros (1973) y El extraño amor de los vampiros (1975). La saga de los Drácula (1973) es el film de vampiros que rodó entre estas dos y viendo las tres en conjunto forman una especie de trilogía, no narrativa sino de intenciones. Las películas que rodó Klimovsky para Paul Naschy en las que se incluían vampiros, como La noche de Walpurgis (1971), muestran la visión que tenía Naschy de los vampiros. Esta era una visión clásica, inspirada en la Universal y la literatura clásica. Pero las películas de vampiros que filmó el director sans Paul Naschy resultan mucho más iconoclastas y modernas. Se juega más con los mitos y tópicos de las historias de vampiros, un factor importante para explicar que hayan envejecido tan bien.
Las intenciones de jugar con los tópicos vampíricos queda claro ya solo con ver el argumento de La saga de los Drácula. Berta (Tina Sáinz) es una joven, embarazada de pocos meses, que viaja al hogar ancestral de su familia junto a su marido Hans (Tony Isbert). Una vez llegue allí, espera reunirse de nuevo con su abuelo el conde Drácula (Narciso Ibáñez Menta) y sus primas Irina (Cristina Suriani) y Xenia (María Kosty). Pero la llegada no resulta fácil, ya que en el pueblo por el que pasan aparecen mujeres asesinadas a las que les han chupado la sangre. Cuando Berta y Hans lleguen al castillo Drácula y conozcan a la nueva esposa del conde, Munia (Helga Liné), el horror no se detendrá. Berta verá impotente como su sueño se convierte en pesadilla.
El guion de Emilio Martínez Lázaro y Juan Tébar, firmado como Lazarus Kaplan, se inicia como lo que podría ser una clásica historia de terror gótico. Bosques oscuros, pueblerinos asustados por las supersticiones del lugar que se niegan a ir a ciertos lugares de noche, figuras encapuchadas acechando bellas víctimas... Todo elementos familiares. Pero, luego la película da un giro. Y si El extraño amor de los vampiros mostraba influencias de El baile de los vampiros (Dance of the Vampires, Roman Polanski, 1967), aquí se ve cierta influencia de otro clásico de Roman Polanski: La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968). Así, a pesar de su inicio clásico, la película lleva al espectador por territorios inesperados, en algunos casos muy inesperados. Lo hace con ciertas dosis de humor negro y varias escenas memorables.
Uno de los temas de la película es la crítica a las clases privilegiadas. La familia Drácula se presenta como decadente y altiva. Narciso Ibáñez Menta está fantástico como Drácula, transmitiendo estas ideas de decadencia burguesa con un aspecto cercano al descrito por Bram Stoker al inicio de Drácula. Un aspecto que recuerda al de Christopher Lee en la pésima (para mí) El conde Drácula (Nachts, wenn Dracula erwacht, Jesús Franco, 1970). Comparando ambas interpretaciones queda claro que Ibáñez Menta puede que sea el segundo mejor Drácula del cine. Volviendo al tema de la película, esta película utiliza al vampiro como alegoría no de una enfermedad sexual, sino de las teorías nazis y franquistas, en particular la insistencia en la sangre pura, a pesar de que sea un concepto totalmente absurdo. Resulta algo natural teniendo en cuenta que esta película se produjo cuando el franquismo todavía se mantenía en el poder.
Además de un guion interesante con alguna sorpresa, el film se beneficia de un sólido reparto. Por supuesto, el ya mencionado Narciso Ibáñez Menta es el más destacado, así como Tina Sáinz hace una gran trabajo con la atormentada protagonista. El resto del reparto son rostro familiares en las producciones Profilmes, la Hammer española, y el fantaterror: la fabulosa Helga Liné, María Kosty, Betsabé Ruiz, Luis Ciges... Todos al servicio de un interesante film que se sirve de los tópicos para darles luego la vuelta. Un clásico para los amantes del fantaterror.




