Con gran alegría os anuncio que ya podéis leer mi crítica de Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island, Jordan Vogt-Roberts, 2017) en Underbrain Mgz, clicando aquí:
Esta crítica me ha costado mucho escribirla, por la necesidad de mantener cierto aire profesional y no simplemente escribir en letras mayúsculas una y otra vez: ESTA PELI MOLA QUE TE CAGAS. Porque es así. Además, el pase de prensa fue en el Phenomena, una sala de Barcelona que, junto a los estrenos, recupera clásicos del cine y de culto, con una pantalla espectacular que la hace la sala ideal para ver una película como esta.
Cuando vi Constantine (Francis Lawrence, 2005) en cines por primera vez, la odié. La odié mucho. En aquel entonces era muy fan de Hellblazer, el cómic en que se basaba la película, y el hecho de que se hubiesen hecho tantos cambios para que fuera más digerible para el público americano y para que se adaptara mejor al protagonista, Keanu Reeves, no me sentó demasiado bien. Tampoco ayudó el hecho de que la película se inspiraba, más o menos, en el arco Hábitos peligrosos, cuya resolución es posiblemente uno de los momentos más recordados de la historia de este cómic.
Pasó el tiempo.
Después de la etapa escrita por Brian Azzarello dejé de leer la serie. No porque me hubiera dejado de gustar o no me interesara, sino por tiempo y dinero: había otras series que me gustaban más y Hellblazer fue uno de los sacrificios que hice. De todos modos, nunca sentí que la serie pudiera volver a ser tan potente como en su primera época.
Hace poco tuve la oportunidad de volver a ver Constantine. Decidí que esta vez intentaría juzgar la película por si misma, sin pensar en ella como una adaptación. Como si no tuviera nada que ver con el cómic. Esto último, exceptuando parte del argumento, no era difícil ya que, aparte del nombre John Constantine y el nombre de otros personajes, no tenía nada que ver con el cómic.
Teniendo todo esto en cuenta, la película me pareció... OK.
No la odié como la primera vez que la vi en el cine, pero tampoco la redescubrí como una gran joya. La película tiene un argumento corriente, pero se beneficia de algunas escenas conseguidas y la presencia de Rachel Weisz, que siempre es bienvenida. Sí que es cierto que vista en la actualidad, distanciado de la fuente original, me resultó mucho más entretenida y la disfruté mucho más que la primera vez que la vi. Producida hoy día, con un poco más de fidelidad al cómic y un presupuesto menor, puede que hubiese sido el inicio de una exitosa franquicia.
¿Es esta película una comedia? ¿Un drama? ¿Un thriller? Bueno, es una película de Ken Russell, así que es todo eso y más.
La pasión de China Blue (Crimes of Passion, 1984) nos presenta a tres personajes destinados a crear uno de los más bizarros triángulos de la historia del cine. Joanna Crane (Kathleen Turner) es una diseñadora que por las noches se dedica a recorrer las calles como la prostituta China Blue, dedicada a hacer realidad las fantasías más extrañas de sus clientes. Bobby Grady (John Laughlin) vive atrapado en un matrimonio que se hunde. El reverendo Peter Shayne (Anthony Perkins) se dedica a recorrer las calles con una maleta en la que esconde un vibrador de mortales efectos. Mientras realiza una investigación de espionaje industrial, Grady se queda fascinado por Joanna y su doble vida como China Blue. Ambos iniciarán una relación que provocará que la obsesión de Shayne por China Blue se acerque cada vez más a la locura.
En su momento, la película causó las iras de los censores, en especial la decisión de Russell de incluir imágenes eróticas antiguas entre las pinturas que escoge para reflejar el estado mental de China Blue. Un efecto que creo que es un golpe de genio, ya que nos dice mucho del personaje, de cómo es realmente, de manera muy rápida. Además, siendo como es el personaje una diseñadora, tiene sentido que su mente recurra a pinturas como alegoría de cómo se encuentra emocionalmente. Pero, si cuando se estrenó La pasión de China Blue la gente se fijó principalmente en las escenas de
sexo, hoy nos podemos fijar en cómo se desnudan emocionalmente los
personajes. Pero no quiero dar la sensación de que este film es un
deprimente drama, está lleno de momentos de pura comedia negra y de
geniales diálogos que hacen que este sea también un film muy divertido.
El film mezcla comedia negra y drama para contar una historia que gira en torno a la hipocresía y la búsqueda de la verdad. Los protagonistas inician el film ocultos tras máscaras, pero sus emociones provocarán grietas en esas máscaras. Un proceso que el reparto formado por Kathleen Turner, John Laughlin, Anthony Perkins y Annie Potts, como la esposa de Grady, muestra a través de fantásticas interpretaciones.
Por supuesto, el cine de Ken Russell es un gusto adquirido, y puede descolocar a los que no estén familiarizados con el estilo excesivo de este director. Personalmente, creo que esta película no ha hecho más que mejorar con el tiempo y se ha convertido en un clásico contemporáneo.
¿La saga Wishmaster? Sí, Wishmaster (Robert Kurtzman, 1997) tuvo tres secuelas que fueron directas a vídeo, de distinta calidad. Pero empecemos por el principio, la película que lo inició todo.
La película de Robert Kurtzman tuvo la suerte de estrenarse en el momento adecuado. El éxito de Scream. Vigila quién llama (Scream, Wes Craven, 1996) y Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Dawn, Robert Rodriguez, 1996) había puesto de nuevo de moda el cine de terror, dándole nueva vida a un género que había estado languideciendo durante la primera mitad de los 90. Wishmaster era un retorno al cine de género de los 80, un film sangriento y guasón, lleno de fantásticos efectos de maquillaje (y algunos cuestionables y primitivos efectos infográficos), que no se tomaba a si mismo muy en serio. Su argumento gira en torno a Alexandra Amberson (Tammy Lauren), la cual, sin saberlo, despierta a un malvado Djinn (Andrew Divoff). Según cuenta la leyenda, si el Djinn concede tres deseos a quien lo ha despertado, podrá traer de vuelta a los demonios a la Tierra. Alexandra deberá usar su ingenio para poder evitar el Apocalipsis.
En cierto modo, la película era una fiesta del género, algo que se entiende viendo a los responsables detrás del film. Uno de los productores fue Wes Craven, el director era Robert Kurtzman, conocido por ser la K de la popular compañía de efectos de maquillaje KNB; el guion corrió a cargo de Peter Atkins, conocido por su trabajo en la saga Hellraiser, y la música corrió a cargo del veterano del género Harry Manfredini. También en los nombres de los personajes se hacían homenajes a autores de la literatura de terror y fantasía. Pero si la película llamó la atención en su momento fue por su reparto, además de Andrew Divoff como el Djinn y Robert Englund en un papel secundario, nos encontramos con cameos y breves apariciones de populares actores del género como Kane Hodder, Tony Todd, Buck Flower, Reggie Bannister, la voz de Angus Scrimm, Ted Raimi y Joe Pilato.
Todos ellos reunidos en una película que bebe de la antigua mitología árabe para tratar el clásico tema de los "deseos malditos", cuyo máximo ejemplo es el cuento La pata del mono de W. W. Jacobs. Los cienastas crean así una historia simple pero efectiva gracias a la manera en que estaba ejecutada. El rápido montaje pero, sobretodo, el tono de la película, llena de pequeños gags y muchos momentos sangrientos, contribuyen a hacer de esta una película humilde pero muy entretenida y divertida.
Wishmaster 2: El mal nunca muere (Wishmaster 2: Evil Never Dies, Jack Sholder, 1999): La primera de las secuelas estrenadas directamente en vídeo resulta mejor de lo esperado. El director y guionista Jack Sholder mantiene el tono de la primera entrega, logrando crear una historia con suficiente personalidad como para no parecer un simple refrito de Wishmaster.
El argumento no es nada del otro mundo. De nuevo, una incauta, esta vez una ladrona llamada Morgana (Holly Fields), despierta al Djinn (Divoff) de su letargo permitiendo que el demonio haga estragos. Si bien no es muy original, sí tiene un detalle que hace que la película resulte entretenida: mientras la protagonista esta intentando averiguar qué sucede, el Djinn se mete en una cárcel donde causa grandes daños para disfrute del espectador.
No es que sea tan buena como la original, pero Wishmaster 2 por lo menos es una secuela digna y que resulta en un film entretenido, lo que ya la hace mejor que las dos siguientes secuelas.
Wishmaster 3: La piedra del diablo (Wishmaster 3: Beyond the Gates of Hell, Chris Angel, 2001): Las dos últimas secuelas de la franquicia tienen en común un mismo director, Chris Angel, y que Andrew Divoff no participó en ninguna de las dos. Y también tienen en común que no son demasiado buenas.
Esta tercera entrega simplemente destaca porque en el reparto nos encontramos a las televisivas y entonces desconocidas A. J. Cook y Emmanuelle Vaugier. Y es lo único que destaca, ya que el argumento es un simple refrito de la primera entrega, pero al no contar con Divoff como Djinn resulta bastante aburrido. Además, el nuevo diseño del Djinn es bastante feo, sin el atractivo del original. De hecho, toda la estética del film es bastante floja, ya que, al contrario de la entrega dirigida por Sholder, parece lo que es: una peli rodada en video por cuatro duros. Y por si fuera poco, los efectos no son nada del otro mundo. En definitiva, una pérdida de tiempo.
Wishmaster 4: La profecía (Wishmaster 4: Prophecy Fulfilled, Chris Angel, 2004): Esta entrega nos presenta un giro algo original en el argumento. El Djinn consigue que alguien le haga tres deseos, pero el tercero implica que la protagonista de turno, Lisa (Tara Spencer-Nairn), se enamore del Djinn, lo que complica enormemente las cosas para el demonio.
Aunque se aprecia este intento por parte del guion de salirse de la norma, el director Chris Angel nos ofrece de nuevo un film plano, sin ningún atractivo, que parece un telefilme barato. Es una lástima, porque el reparto está bien y, en otras manos, la historia podría haberse convertido en una entrega bastante interesante.
Ya sé qué estáis pensando: Nah, las pelis de casas encantadas no me gustan, son todas iguales. Pero, lectores y lectoras, El espíritu de la mansión de los Lauter (Witchtrap, Kevin S. Tenney, 1989) no es una típica película de casa encantada.
Un grupo de parapsicólogos van a la mansión Lauter con la intención de investigar los extraños sucesos que tienen lugar dentro de sus paredes. Y, obviamente, cuando van allí, se encuentran un montón de sucesos extraños. Este argumento, típico de casa encantada, lo manipula el director y guionista Kevin S. Tenney de manera que la película parece más un slasher con un asesino fantasma que una película de fantasmas más típica. Por eso, puede que interese a los fans del slasher y decepcione a los fans de las casas encantadas.
Tenney realizó esta película justo después de su clásico La noche de los demonios (Night of the Demons, 1988) y se nota. No solo porque repiten varios miembros del reparto, como Linnea Quigley y Hal Havins, también porque Tenney imita el estilo que Joe Augustyn usó en La noche de los demonios, pero incidiendo aún más en el humor. La película mezcla comedia y terror, siendo más efectivo en lo primero que en lo segundo. Las interpretaciones son bastante malas, muy rígidas, pero tiene algunas lineas divertidas y el gore está bastante bien, si bien en su momento fue bastante censurada.
Es una película regular: depende del humor con que os pille puede haceros gracia o aburriros. A mí me hizo reír en su momento y creo que, para la época, se ha mantenido bastante bien. Espero que también os haga reír. Y hablando de reír, he encontrado este tráiler en castellano de la película y me ha hecho mucha gracia: el doblaje de los actores es terrible, pero la voz en off me encanta, incluso la manera en que pronuncia mal los nombres.