28 dic. 2012

ADICTA

Ariadna Burroucs se reconoció al mirarse en el espejo, algo que hacía tiempo que no pasaba. El pelo tras ser lavado y cepillado volvía a tener aspecto sano y brillante. Había ganado algo de peso, así que la cara excesivamente delgada, con rasgos tan afilados que podían cortar, había recuperado su aspecto natural. Se encontraba perfectamente, lista para matar a Víctor.

Salió de casa después de asegurarse de que no se clavaría accidentalmente el cuchillo que llevaba en el bolso. Fue caminando hasta la estación de metro. En el andén esperaba que llegase el tren mirando a la nada, sin oír el ruido de conversaciones, la música ambiente, nada. Llegó el tren, se subió y se quedó de pie en el vagón, apoyada en una barra metálica, su mente lejos, muy lejos.

Ariadna vio por primera vez a Víctor una noche que ella y un grupo de amigas salió de fiesta. Iban a entrar en el Ovella Negra cuando una de ellas le señaló a Ariadna un grupo de barbis y jimans que se paseaba arriba y abajo por la calle. Como siempre, alrededor de ellos había hombres y mujeres ansiosos dispuestos a gastar montañas de dinero y hacer lo que hiciera falta para pasar un rato con uno o una de ellos. A Ariadna siempre le parecieron patéticos. Se fijó en uno de los jimans, un atractivo hombre de cabello negro y rasgos griegos, que tenía ante él dos solicitantes, un hombre que tenía pinta de ejecutivo y una chica joven. Las amigas la arrastraron dentro del local y no supo con quién se fue finalmente el jiman, aunque suponía que la chica joven.

Ariadna salió del metro y fue caminando hasta la zona donde los jimans y las barbis captaban a sus clientes. Mientras caminaba recordó cómo volvió a  encontrarse a Víctor, en una fiesta que dio la amiga de una amiga. Tras saludar aquí y allá, se dio un pequeño paseo por la casa, observando con curiosidad a aquellos que no conocía. Entre el grupo de desconocidos estaba Víctor, aunque ella todavía no sabía que se llamaba así, que discretamente iba escuchando las ofertas que le hacían los invitados a la fiesta. Ariadna no se sorprendió por ver un jiman en la fiesta, desde hacía un tiempo se había puesto de moda tener uno, o su equivalente femenino, en las fiestas que quisieran tener cierto toque moderno, rompedor o, simplemente, epatar a los invitados. En parte supuso que funcionaba, ya que ella no se habría imaginado nunca estar en una fiesta donde alguien tenía suficiente dinero como para tener un jiman a disposición de los invitados.

Las horas fueron pasando, Ariadna hacía por lo menos dos horas que se quería ir a casa pero continuaba viéndose atrapada en conversaciones que la aburrían. Cuando tuvo la oportunidad, fue al lavabo a refrescarse un poco. Salió y se quedó mirando los invitados reunidos en el comedor, conversando mientras de fondo el alcohol había facilitado la sustitución de cualquier atisbo de modernidad por la nostalgia que salía ahora de los altavoces, a un volumen razonable, por supuesto, no fuera que los vecinos se molestaran.

–Creo que encajas aquí menos que yo. –Ariadna se dio la vuelta para ver al jiman sonriendo. –Me llamo Víctor.

–¿Qué has querido decir?

–Que me llamo Víctor.

–No, antes. ¿Qué es eso de que no encajo?

–Bueno, no te lo tomes a mal. Es sólo que llevo aquí toda la noche, observando, estudiando a aquellos que se me acercan y, en particular, a los que no se atreven. Vamos, estudiando clientela. Todos aparentan ser súpermodernos, estar a la última, pero no dejan de ser niños sintiéndose muy adultos porque se han bebido su primera cerveza. Míralos. –Con un gesto, Víctor le señaló la escena que ella observaba antes. Ahora, mientras unos bebían y reían, otros bailaban al ritmo de Pat Benatar. –Presos de una adolescencia que no les dejará escapar nunca.

Ariadna, que siendo sincera no le desagradaba tampoco correr con las sombras de la noche, se sintió feliz por la manera en que Víctor había transformado algo que ella llevaba sintiendo toda la noche en algo positivo, ya que se había culpado a si misma por no sentirse parte del grupo reunido aquella noche, como si el fallo estuviera en ella y no en el hecho de que aquellas personas eran pretenciosas, inmaduras, vulgares. En realidad, le daba igual aquella fiesta y aquella gente, pero estaba allí porque se suponía que es lo que tenía que hacer.

Bajando la voz hasta convertirla en apenas un susurro, Víctor le dijo:

–Deja que te lleve lejos de aquí.

Ariadna sabía exactamente lo que eso significaba. A pesar de las veces que se había prometido no caer en obvias trampas, se dejó llevar por Víctor que la cogió de la mano y la condujo hasta el dormitorio más cercano.

−Relájate – le dijo mientras le desabrochaba la blusa que llevaba. Ariadna no podía evitar sentirse tensa y nerviosa. Y excitada.

Con un gesto, Víctor le indicó que se estirara en la cama. Él se estiró a su lado, levantándose la camiseta negra ajustada que llevaba. Los ojos de Ariadna se fueron hacia una especie de segundo ombligo que Víctor tenía justo debajo del esternón. Víctor lo acarició delicadamente y empezó a salir una especie de tentáculo que terminaba en una pequeña boca que se posó en el brazo izquierdo de ella.

–¿Lista?

Antes de que contestar, Ariadna sintió un pequeño pinchazo en el brazo. Por un momento, nada. Entonces empezó a sentir cómo olas cálidas le recorrían el cuerpo, en la base de la espalda sintió que se iba formando una burbuja de placer. Cada vez más hinchada, cada vez más hinchada, cada vez más… Y explotó. Aquello no era un río de placer, era un torrente salvaje que le cortó la respiración. Todo su cuerpo tembló. Y de nuevo se vio sumergida en el placer. Y otra vez. Y otra. Finalmente, cuando pensaba que se iba a volver loca de puro gusto, cesó, lentamente.

Se quedó un rato mirando el techo, hasta que oyó una puerta cerrarse. Se incorporó y vio que Víctor se había marchado. Se puso bien la ropa, no pudiendo evitar una aguijonada de culpabilidad por la humedad entre sus piernas.

Al día siguiente de aquella primera vez, a Ariadna le pareció que el mundo estaba apagado, gris. La comida estaba sosa, la bebida insípida. Cada vez que pensaba en el tentáculo de Víctor posándose en su brazo, sentía una nerviosa excitación en el bajo vientre. No había nada que se pudiese comparar a aquella experiencia, nunca antes había sentido nada semejante, nadie la había hecho sentir nada igual. Ni siquiera ella misma. La noche siguiente al día de la fiesta se masturbó, pero los resultados fueron patéticos. Un petardo al lado de la bomba atómica que había experimentado. No le costó entender que hubiera gente que se hiciese adicta a ello. No ella, claro, ella no era iba a caer en ninguna adicción. Había estado bien pero mejor no repetir.

Dos días más tarde de su primera vez, se encontraba dando vueltas por la zona de los jimans y las barbis, igual que estaba haciendo ahora pero sin llevar un cuchillo en el bolso, buscando con la vista a Víctor. No le fue difícil encontrarlo. Mientras se encontraba escondida tras una esquina, Ariadna recordó aquel primer encuentro tras la fiesta con especial furia. Fue el encuentro que marcó la tónica de su relación. Se acercó a Víctor y antes de que ella pudiese decir nada, él le dijo:

–100 euros.

–¿Qué?

–100 euros por otro viaje.

¡Qué estúpida había sido! Para él solo había sido un trabajo más. Le habían pagado para que estuviese en la fiesta haciendo su trabajo. Había sido tan especial para él como petarse un grano. Esta realización hizo que Ariadna se sintiera a un tiempo humillada y enfadada. Se fue sin decir palabra. Tampoco dijo nada cuando regresó y, tras haber pasado por un cajero, le dio los 100 euros a Víctor, que la llevó a una habitación donde ella supuso que dormía cuando no estaba en la calle. Luego, de nuevo, el placer. Una vez terminado, Víctor la echó sin muchos miramientos y ella se vio de nuevo en la calle, donde la gente la miraba sabiendo exactamente lo que había estado haciendo. Pero aquella era la última vez. Se acabó.

Su resolución duró otro par de días. Pronto volvió a buscar más placer. Ella pagaba, Víctor se lo proporcionaba. El único cambio que hubo en la relación fue que cuantas más visitas hacía Ariadna, más hirientes eran los comentarios humillantes de Víctor.

Su cuenta de ahorros se fue vaciando rápidamente. Su presencia en el puesto de trabajo se volvió impredecible, hasta que la despidieron. Su teléfono poco a poco dejó de sonar. Su casa estaba cada vez más sucia y desordenada, se acumulaba el polvo, insectos atraídos por los platos sucios en el fregadero; Thomas Ligotti, William Gibson, Patricia Muñiz y Philip K. Dick entre otros formaban desordenados montones en el suelo. Nada de ello importaba. Solo existía el placer.

La cosa (no se atrevía a llamarlo relación) siguió así durante unos meses. Finalmente, una mañana, Ariadna tocó fondo. Se miró en el espejo y no se reconoció. ¿Quién era esa desconocida de pelo sucio y rostro demacrado? No podía ser ella, ella no era así para nada. Entonces supo que tenía que parar. Parar o morir, sus únicas opciones.

Dejarlo a palo seco fue duro, pero tuvo un incentivo que la ayudó en los peores momentos: ver a Víctor en un charco de su propia sangre. Tal vez no fuera un pensamiento muy edificador o positivo, pero cumplió su objetivo. Tras una ordalía que duró un mes, estaba limpia de nuevo. Y, ahora, estaba dispuesta a cumplir su sueño.

Ariadna observaba atenta los movimientos en la calle. Parecía que el turno de Víctor se había terminado y se disponía a marcharse. Ariadna le siguió tan disimuladamente como sabía, imitando lo que había visto en el cine. Extrañada, se dio cuenta de que Víctor no se iba a la habitación que ella había asumido era su casa, sino que se internaba por callejones, adentrándose más en la zona antigua de la ciudad. ¿Adónde iba? Finalmente se detuvo en una casa de aspecto anodino. Mientras estaba distraído abriendo la puerta, Ariadna aprovechó para acercarse silenciosamente a su víctima sacando el cuchillo de su bolso. Víctor debió notar algo, porque se dio la vuelta justo cuando Ariadna se disponía a atacar, e intentó esquivarla. No lo logró del todo, el cuchillo le hizo una herida profunda en el brazo. Víctor se metió dentro del portal, Ariadna logró entrar antes de que se cerrara la puerta.

Observó el portal donde había entrado. Las paredes tenían un extraño aspecto terroso, una escalera iba hacia arriba, otra hacia abajo, muchas puertas. Víctor parecía haber desaparecido, pero no le costó ver por donde se había ido, la herida que le había hecho sangraba lo suficiente para dejar un rastro. Ariadna siguió aquel hilo carmesí por el laberinto de escaleras y habitaciones que era ese edificio. El rastro la llevó hasta una puerta entreabierta. Extraño, probablemente una trampa. De todas formas, entró.

Entró en una espartana habitación. El único mueble era una cama. Ropa, libros, unos cuantos CD (pero ningún equipo de música, al menos que ella pudiera ver) formaban ordenados montones en el suelo. Notó un movimiento a su espalda, una sombra en el rabillo del ojo, y Ariadna se dio la vuelta para ver a Víctor lanzarse sobre ella armado con algo de lo que solo pudo ver un borrón mientras lo esquivaba. Era un bate. Ariadna, al esquivar el golpe, tropezó con la cama y cayó al suelo. Víctor se adelantó para dejarla fuera de combate de un batazo, ella se dio la vuelta y utilizó libros y discos como proyectiles. Un libro le dio en la frente, dejándole momentáneamente aturdido. Ariadna lo aprovechó para hundirle el cuchillo en el pecho, descargando toda su furia y odio en cada puñalada. Se detuvo agotada y se sentó en la cama, sin saber que se suponía que tenía que hacer ahora.

No supo cuánto tiempo llevaban allí, pero Ariadna se fijó en que había tres personas mirando la escena en la habitación desde el pasillo. Demasiado aturdida y cansada para hacer nada al respecto, simplemente se quedó mirando a aquellos desconocidos, dos hombres y una mujer, que deberían rondar los sesenta años. Una vez descubiertos, los tres entraron y estudiaron de más de cerca el cadáver. Los hombres se le acercaron y con gestos no faltos de amabilidad, le indicaron que se estirara en la cama. Ella obedeció, no se le ocurría que otra cosa hacer. Mientras los hombres la acomodaban en la cama, la mujer desconocida cogió el cuchillo, todavía clavado en el hombro de Víctor, le levantó la camisa al muerto y extrajo el tentáculo que tanto placer le proporcionara en el pasado a Ariadna. La mujer utilizó el cuchillo para separar el tentáculo del cadáver con un gesto rápido y eficiente. El tentáculo se agitaba con movimientos débiles en la mano de la desconocida, que se sentó a horcajadas sobre Ariadna. Entonces, empezó a salir de su aturdimiento, pero era demasiado tarde para Ariadna. Los hombres la sujetaban inmovilizándola completamente, la mujer le tapó la nariz obligando a Ariadna a abrir la boca, la mujer con un simple gesto de su mano hizo que el tentáculo se deslizara dentro de la boca de Ariadna. Pudo sentir como bajaba por su garganta y empezó a sufrir convulsiones, hasta que se desmayó. Cuando Ariadna perdió el conocimiento, los tres desconocidos abandonaron la habitación.

Ariadna se despertó sin saber cuánto tiempo había pasado inconsciente. Tras un momento, notó que seguía en la habitación de Víctor, casi esperaba despertarse en una celda, pero la habitación estaba cambiada. No había rastro de sangre, el cadáver de Víctor había desaparecido. Además, también habían desaparecido las pertenencias del difunto, en su lugar reconoció su ropa, sus libros, su música. Supuso que debería sentir miedo, inquietud, algo, pero lo único que notaba era un vacío. Un vacío en su pecho.

Siguiendo una voz interior, se levantó. Se sentía hambrienta, además de vacía, pero no pasaba nada. Sabía adónde ir y qué hacer. En la calle la aceptaron como una más, nadie pareció preocuparse por la ausencia de Víctor. Y si a ellos no les importaba, menos le importaba a ella. Ahora solo le importaba llenar el vacío que sentía dentro y eso sabía cómo conseguirlo, por lo menos durante un tiempo.


4 comentarios:

Dr. Gonzo dijo...

¿Bret Easton Ellis + Cronenberg? Muy bueno. Me ha gustado mucho esa alegoría de la heroína estilo Nueva Carne :D

Raül Calvo dijo...

Bueno, Cronenberg es una influencia, pero más por via William Burroughs (de ahí el nombre de la prota) y J. G. Ballard. Me alegro que te gustara, es una manera de hablar de las relaciones de pareja sin ponerse ñoño.

Einer dijo...

A mí también me ha gustado mucho. La verdad es que no paraba de pensar en eXistenZ, por lo del rollo del tentáculo. Creo que de los que has colgado hasta ahora es el que más me ha gustado junto con el de Susana Martínez era una excelente empleada.

Un apunte, en la frase «La cosa, no se atrevía a llamarlo relación, siguió así durante unos meses», yo creo que el «no se atrevía a llamarlo relación» debería ir entre rayas o entre paréntesis más que entre comas.

Un saludo y feliz año.

Raül Calvo dijo...

Einer, gracias por el apunte. Es más correcto -y queda mejor- con paréntesis. El tentáculo es un nada sutil símbolo fálico, que tampoco queda muy lejos de eXistenZ, cuyas máquinas eran muy orgánicas, pero yo lo utilizo como un símbolo de las relaciones de pareja (o del sexo, debería decir, a veces lo confundo), pero como todo lo que hago, está abierto a la interpretación del lector. Me alegro que te gustara, es algo que siempre es agradable de oír. Y feliz año, también.

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