6 jun. 2016

Ladrón - El montaje del director (Thief)


Las películas que Michael Mann estrenó en cines en la década de los 80 fueron todas ellas fracasos de taquilla. Tanto Ladrón (Thief, 1981) como The Keep: El torreón (The Keep, 1983) y Hunter (Manhunter, 1986) pasaron en su momento desapercibidas, pero hoy día resulta evidente que han sido films tremendamente influyentes. Auténticos clásicos que han dejado su marca en muchos directores actuales, como David Fincher y Nicolas Winding Refn.

Ladrón es un gran ejemplo de neo-noir. Michael Mann nos introduce en la vida de Frank (James Caan), un ladrón de joyas determinado a no ser el frío e implacable hombre que fue en prisión. Cuando Frank conoce a Jessie (Tuesday Weld), ve la oportunidad de crear una familia y dejar la vida criminal. Por ello, en contra de sus instintos, decide trabajar para el mafioso Leo (Robert Prosky). Entonces, Frank comete el mayor error de todos al decir en voz alta "este es mi último trabajo y luego lo dejo" (el equivalente criminal de la sentencia de muerte del policía que dice "en un par de días me jubilo y a vivir feliz pescando" en una película de acción). Por supuesto, todo sale mal y se le complica la vida a Frank, que debe enfrentarse a policías corruptos y mafiosos.

Mann, al igual que William Friedkin, es muy meticuloso en la investigación para sus películas. Se introduce en los ambientes que retratará, y, como es el caso de esta película, llega a contratar ladrones y policías para que actúen en su film (aunque en Ladrón los policías interpretan a criminales y los criminales a policías). Con gran precisión y realismo, Mann nos muestra cómo Frank trabaja con su equipo, cómo planea y cómo ejecuta cada robo.

Esta autenticidad y realismo contrasta con el cuidado esteticismo con que se realiza cada plano. La forma en que retrata la ciudad de noche iluminada por las omnipresentes luces de neón, sin olvidar la electrónica banda sonora de Tangerine Dream, nos introduce en el mundo cinematográfico del nuevo cine negro, pero mezclado con un acercamiento más propio del documental.

Por supuesto, no podemos olvidarnos del fantástico reparto que da vida a los personajes creados por Mann. Destacan Caan y Prosky, los protagonistas de la historia. Caan ofrece la que es probablemente su mejor interpretación, pero Prosky destaca por la habilidad que muestra en pasar de ser simpático y afable a brutal y sádico.

En definitiva, un gran clásico moderno no solo dentro de su género, cuya importancia se hace evidente simplemente viendo la cartelera actual.


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