Andy Warhol creó a su alrededor un círculo de artistas para desarrollar su visión del arte en diferentes medios. Lo que se conoce como la Factoría Warhol. En el aspecto musical, por ejemplo, dio origen al clásico grupo Velvet Underground. Warhol ejercició también como padrino y productor de los films de Paul Morrissey que inició su carrera con films más o menos significativos dentro del art house y del cine underground como Trash (1970) o Caliente (Heat, 1972). Tras el fracaso de L'Amour (1973), Morrissey se fue a Italia, donde dirigió un fantástico díptico protagonizado por dos figuras clásicas del cine de terror, ambos films apadrinados por Andy Warhol, de ahí que su nombre aparezca de forma prominente en los títulos.
El primero fue Flesh for Frankenstein (aka Andy Warhol's Frankenstein, 1973). En algunos lugares se atribuye el film a Antonio Margheriti, director de la 2ª unidad, pero su nombre aparece como director en algunas copias europeas simplemente porque se dijo que lo era para beneficiarse de las mismas facilidades que daba el gobierno italiano a las películas italianas. Otras fuentes atribuyen el film a Margheriti debido a las semejanzas que hay entre algunas secuencias con el estilo de alguno de los films de terror del director italiano, pero viendo ambas películas y las conexiones y semejanzas, claramente fue Morrissey el director de ambas. Luego le llegó el turno a Drácula con Blood for Dracula (aka Andy Warhol's Dracula, 1974). Morrissey empezó a filmar Dracula por la tarde del mismo día que había terminado de rodar Frankenstein por la mañana. Un ritmo impuesto por el hecho de que Morrissey había acordado con Carlo Ponti que, tras Ponti presentar la cantidad disponible, el director rodaría dos películas en lugar de una con ese presupuesto.
Ambas comparten tono y características, además de actores y equipo, y sus diferencias están marcadas por la personalidad de las figuras icónicas que las protagonizan: Frankenstein es más gore y en Dracula el erotismo es más pronunciado. Pero en ambas hay abundantes dosis de sexo y sangre.
Ambos films comparten un tono iconoclasta, casi paródico, que se traduce en una mezcla de terror y comedia bastante efectivo. En ocasiones, la comedia llega a través de personajes y situaciones tan histéricas y exageradas que la carcajada es inevitable.
En ambos films encontramos también un subtexto político, realizado con la misma ironía y cachondeo que todo lo demás, así que tanto puede ser un sincero mensaje como una parodia de los mensajes políticos que parecían obligatorios en el cine underground de entonces (por eso creo que Sleep [1963] y otros films de Andy Warhol eran la manera que este artista tenía de cachondearse de todo el ambiente intelectual de la época). En Frankenstein, Udo Kier interpreta al infame Barón, representante de la aristocracia más decadente y fascista, el cual construye su monstruo a partir de inocentes campesinos y lanza absurdos mensajes de superioridad racial, mientras los campesinos se dedican a discutir de política. El Drácula de Kier es igualmente una figura aristocrática decadente. Además, en Dracula se representa una aristocracia sin dinero pero ansiosa por conservar sus privilegios y su poder.
Sea todo esto intencionado, paródico o accidental, como no interfiere en el disfrute del absurdo festival sanguinolento y humorístico que nos ofrecen estos films, vamos a dejar de darle vueltas.
En el terreno interpretativo, destacan Udo Kier y Arno Juerging como cómplices protagonistas en ambos films. Kier especialmente resulta hilarante en su seductora sobreactuación, siendo Juerging el ideal contrapunto demente. Dallesandro pasea su inexpresividad, no sea que se estropee su atractivo físico, dejando que sea su cuerpo el que actúe por él. El resto de secundarios (entre los que se cuenta un cameo de Roman Polanski) es el habitual reparto que podemos encontrar en infinidad de películas italianas exploitation de la época. Por ejemplo, en Dracula nos encontramos con Stefania Casini, que recordaréis del clásico Suspiria (Dario Argento, 1977) y, en Frankenstein, con Dalila Di Lazzaro, la cual intervino luego en otro clásico de Argento: Phenomena (1985).
En conclusión, dos films de culto dementes y divertidos, sangrientos y sexuales, que vistos hoy día resultan aún modernos, a pesar de lo funcional de sus efectos especiales, por la forma en que cogen a dos clásicos y los retuercen de manera que resultan irreconocibles, con toques realmente geniales como que aquí sea el monstruo de Frankenstein el que rechaza a la novia que le han hecho porque está enamorado de ¡Joe Dallesandro! Ya no se hacen películas como estas.
Ambas comparten tono y características, además de actores y equipo, y sus diferencias están marcadas por la personalidad de las figuras icónicas que las protagonizan: Frankenstein es más gore y en Dracula el erotismo es más pronunciado. Pero en ambas hay abundantes dosis de sexo y sangre.
Ambos films comparten un tono iconoclasta, casi paródico, que se traduce en una mezcla de terror y comedia bastante efectivo. En ocasiones, la comedia llega a través de personajes y situaciones tan histéricas y exageradas que la carcajada es inevitable.
En ambos films encontramos también un subtexto político, realizado con la misma ironía y cachondeo que todo lo demás, así que tanto puede ser un sincero mensaje como una parodia de los mensajes políticos que parecían obligatorios en el cine underground de entonces (por eso creo que Sleep [1963] y otros films de Andy Warhol eran la manera que este artista tenía de cachondearse de todo el ambiente intelectual de la época). En Frankenstein, Udo Kier interpreta al infame Barón, representante de la aristocracia más decadente y fascista, el cual construye su monstruo a partir de inocentes campesinos y lanza absurdos mensajes de superioridad racial, mientras los campesinos se dedican a discutir de política. El Drácula de Kier es igualmente una figura aristocrática decadente. Además, en Dracula se representa una aristocracia sin dinero pero ansiosa por conservar sus privilegios y su poder.
Sea todo esto intencionado, paródico o accidental, como no interfiere en el disfrute del absurdo festival sanguinolento y humorístico que nos ofrecen estos films, vamos a dejar de darle vueltas.
En el terreno interpretativo, destacan Udo Kier y Arno Juerging como cómplices protagonistas en ambos films. Kier especialmente resulta hilarante en su seductora sobreactuación, siendo Juerging el ideal contrapunto demente. Dallesandro pasea su inexpresividad, no sea que se estropee su atractivo físico, dejando que sea su cuerpo el que actúe por él. El resto de secundarios (entre los que se cuenta un cameo de Roman Polanski) es el habitual reparto que podemos encontrar en infinidad de películas italianas exploitation de la época. Por ejemplo, en Dracula nos encontramos con Stefania Casini, que recordaréis del clásico Suspiria (Dario Argento, 1977) y, en Frankenstein, con Dalila Di Lazzaro, la cual intervino luego en otro clásico de Argento: Phenomena (1985).
En conclusión, dos films de culto dementes y divertidos, sangrientos y sexuales, que vistos hoy día resultan aún modernos, a pesar de lo funcional de sus efectos especiales, por la forma en que cogen a dos clásicos y los retuercen de manera que resultan irreconocibles, con toques realmente geniales como que aquí sea el monstruo de Frankenstein el que rechaza a la novia que le han hecho porque está enamorado de ¡Joe Dallesandro! Ya no se hacen películas como estas.