16 ene. 2012

Niños y niñas, no hagáis esto en casa


No fumo, ni bebo, ni siquiera tomo café y nunca he experimentado con las drogas recreacionales. Tras ver The Acid Eaters (B. Ron Elliott -alias de Byron Mabe-, 1968), ni falta que me hace.

A finales de los 60 aparece la llamada cultura de las drogas, que utiliza el LSD y otras drogas alucinógenas como manera de expandir los horizontes de la mente y llegar a otros planos de la realidad. Y así los viajes de ácido empiezan a hacerse populares dentro de los círculos alternativos. Si bien Hollywood no tocaría ni con un palo de 5 metros una temática de tan mal gusto; los cineastas independientes, alternativos y underground, así como los distribuidores y productores que se dedicaban a la exploitation no tenían los mismos prejuicios, por suerte para nosotros.

Dentro de este cine psicodélico nos encontramos con dos tipos de filmes. Primero tenemos películas como The Trip (Roger Corman, 1967), hecha "desde dentro". Es decir, Jack Nicholson, guionista, y Peter Fonda, protagonista, eran "consumidores" y, en aquella época, se movían en los ambientes que aparecen representados en la película. Fonda interpreta a Paul Groves, un ejecutivo televisivo que en medio de una crisis personal decide emprender un viaje y no a Benidorm, precisamente, sino un viaje de ácido. El resto del film se dedica a mostrar sus experiencias interiores y exteriores.


Mientras que The Trip es un intento sincero -si bien algo ingenuo- de representar un viaje de LSD y la cultura que había alrededor de esta droga, nos encontramos en segundo lugar con películas como The Acid Eaters echas por gente conocía sólo de oídas todo este mundo y cuyo único interés era ganar dinero "explotando" un tema polémico y popular entonces. Pero para lo que nos interesa, no son tan diferentes, ambas estan llenas de delirantes alucinaciones y resultan igualmente curiosas e interesantes como retrato de una época que ya ha pasado.

The Acid Eaters se cuenta desde el punto de vista de los comedores de ácido que la protagonizan: oficinistas, un pintor y trabajadores diversos que se reúnen al acabar la jornada laboral. Como se explica desde una perspectiva "dopada", la película roza el cine experimental, acumulando escenas absurdas y diálogos inconsecuentes y proporcionando ilimitada diversión al espectador. Bueno, "ilimitada" durante una hora y dos minutos, que es lo que dura la película.

Dejando de lado el realismo o naturalismo, la película es una larga alucinación llena de gags absurdos, chicas en topless y música non-stop. Entre la psicodelia y lo kitsch, la película avanza y el espectador se queda ojiplático, hasta que llega el momento álgido del film en el cual los protagonistas encuentran una pirámide enorme de LSD en mitad del campo y entran en ella. Aquí el surrealismo (tanto el intencionado como el que no) que impregna el film resulta a un mismo tiempo sorprendente y divertidísimo.

La bailarina y actriz Pat Barrington que participó en The Acid Eaters usando el nombre Camille Grant.

Prácticamente todos los que participaron en la película, delante y detrás de la cámara, usaron pseudónimos. No sé si los actores y actrices lo hicieron por miedo a que perjudicara su futura carrera, aunque teniendo en cuenta lo malas que son las interpretaciones no creo que hubiera pasado nada si hubieran usado sus nombres reales. De hecho, las interpretaciones son tan malas que sorprende descubrir aquí y allá algún momento de autenticidad en el que la cámara capta reacciones de los actores que no forman parte de ninguna interpretación sino que son reales. Vamos, que en algunas escenas se les escapa la risa a los actores.
El único rostro, por no decir otra cosa menos elegante, más o menos reconocible es el de Pat Barrington, que protagoniza uno de los momentos más delirantes del film: en un escenario y fondo negro, la vemos bailar en topless alrededor de un hombre tocando unos tambores, hasta que llega un momento en que uno de los tambores cae al suelo y el hombre sigue imperturbable tocando el tambor que queda con una sola mano mientras Pat sigue bailando ajena a todo. Al cabo de un momento el hombre recoge el tambor del suelo y sigue tocando como si aquí no hubiera pasado nada. Mientras, en la banda sonora suena un canción que, obviamente, no tiene nada que ver con lo que está tocando este hombre.

En definitiva, The Acid Eaters es una comedia surrealista y alucinógena, un descacharrante viaje psicodélico que no deja de sorprender y no aburre en ningún momento. Una joya de la exploitation más demente que hará disfrutar al espectador de este tipo de cine enormemente.

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