16 dic. 2010

Blood Feast


La sangre es el símbolo definitivo que todo el mundo entiende.
Herschell Gordon Lewis

Herschell Gordon Lewis define esta película comparándola con un poema de Walt Whitman: no muy buena, pero fue la primera.

En 1963, las audiencias de cines y drive-in observaban, algunos con horror, otros con cierta morbosidad; como se rompía un tabú en el cine. Por primera vez se mostraba violencia explícita y las consecuencias de esa violencia. No sólo se veía abundante sangre derramada, también se arrancaban lenguas y se destripaban personas. Gordon Lewis y su socio David F. Friedman fueron lo suficientemente avispados para ser los primeros en mostrar esta exhibición de crueldad humana, y así Gordon Lewis ha pasado a la historia como el inventor del cine gore.

Cuando a finales de los cincuenta se liberalizan las leyes de distribución en Estados Unidos, empiezan a surgir un montón de productores y distribuidores independientes que buscan competir con el cine que ofrecía Hollywood. Tenían muy claro, además, que si querían competir con las grandes y poderosas productoras tenían que ofrecer aquello que Hollywood no ofrecía. Muchos se especializaron en películas de terror, destinadas a proporcionar emociones baratas a precios bajos, pero la principal fuente de ingresos fue el sexo.

Fue aquí donde Gordon Lewis y Friedman hicieron sus primeros dólares en el mundo del cine: rodando nudies (más información sobre los nudies en mi post Nude on the Moon). Muy pronto el género se gastó, Lewis, que venía del mundo de la publicidad, se dio cuenta rápidamente que la novedad pasaría de moda rápido. Por tanto se decidió darle al espectador algo que no hubiese visto nunca y que no pudiese ver en otro sitio que su película: sangre. Y no sólo sangre, sino auténticas cascadas de hemoglobina.

De todas las películas de Gordon Lewis que he visto, Blood Feast no es la que más me gusta ni la mejor. Pero, como Lewis dice, fue la primera. Y como todas sus películas, resulta entretenida y divertida de principio a fin. Es fácil entender como en 1963, el año que se estrenó, la película podía resultar excesiva para unas sensibilidades que no estaban tan desgastadas como las nuestras. La gente salía del cine presa de náuseas... para volver a entrar rápidamente y no perderse ni un detalle. Obviamente, hubo los previsibles problemas con la censura y los grupos conservadores y la película tuvo sus recortes, pero ya se había abierto la veda.

Hoy día, sin embargo, la película tiene un atractivo más naïf que chocante: no tenían dinero para prótesis (ni sabían como hacerlas), así que usaron una cera cosmética, la misma cera que las casa funerarias usaba para arreglar cadáveres, para crear heridas y simplemente poner órganos de animales encima de la piel. Como ésa, se usaron otras técnicas primitivas para crear las ilusiones de mutilación y desmembramiento. A eso le sumamos una extraña banda sonora, unas interpretaciones que van del exceso al más puro hieratismo más un guión que no es ni normal,  y nos da como resultado un bocatto di cardinale para el gourmet del cine trash y la exploitation.

La historia fue ideada por Friedman y Gordon Lewis, luego le dio cuerpo de guión Allison Louise Downe (esto es, lo pasó a máquina y por eso tiene crédito como guionista, Downe era la secretaria-asistente de Lewis), y gira en torno al demente Fuad Ramses (Mal Arnold), un devoto de Ishtar que ofrece sacrificios humanos a su diosa. Localiza sus víctimas a través de su servicio de catering especializado en comida egipcia (Friedman y Gordon Lewis sabían que Ishtar era una diosa babilónica y no egipcia. Pero también sabían que a su audiencia no le importaría un detalle como ése). El detective Pete Thornton (William Kerwin alias Thomas Wood, un habitual en las películas de Gordon Lewis) va tras la pista del asesino pero sin mucha suerte. Por otro lado, se acerca el cumpleaños de la joven Suzette (Connie Mason), y su madre (Lyn Bolton) decide prepararle un festín egipcio a sugerencia de Fuad Ramses. Un festín que podría transformarse en... ¡Un festín sangriento! ¡Chan-chan-chán!


De entre el reparto destaca Mal Arnold, ofreciendo una interpretación tremendamente exagerada y sobreactuada como Fuad Ramses, siendo, por tanto, el más divertido de la película. Por otro lado tenemos a Connie Mason, cuyo único mérito para ser contratada fue ser la Playmate del número de junio de 1963 de Playboy. Como actriz no era muy buena pero siempre es agradable de ver y repetiría con Gordon Lewis al año siguiente en la clásica 2000 maníacos (2000 Maniacs).

Creo que ya lo comenté en otras películas de Gordon Lewis, el sello Something Weird ha ido editando gran parte de la filmografía de este histórico director en lujosas ediciones con comentarios del maestro en persona. Su importancia histórica la hace imprescindible para los aficionados al terror y la exploitation. En 1987, con guión de Michael Sonye y dirigida por Jackie Kong, se estrenó una pseudosecuela/parodia titulada Blood Diner. La película corre por mi casa en vídeo por algún lado, no tengo mucha más información aparte de que es un título bastante divertido. El propio Gordon Lewis dirigió en el 2002: Blood Feast 2: All U Can Eat. Una secuela que parece más una nueva versión y cuenta lo mismo, aunque con medios actuales. Os dejo aquí el tráiler, tan destacable como la película:

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