29 nov. 2010

King Kong (1933)



King Kong de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack es la primera película que recuerdo haber visto en mi vida. Fue también la película que hizo que me enamorara de la magia del cine, porque para mí, a esa temprana edad, las imágenes que veía en una enorme televisión que me parecía de madera, por la cubierta que tenía, eran mágicas. La cinta Betamax en que mi padre grabó la película acabó la pobre destrozada. Era, además, la única cinta Beta que tenía la funda dorada. El resto eran grises, blancas o azules, pero no King Kong. La de King Kong era dorada.

Uno de los motivos por los que admiro esta película desde pequeño es su sentido de la maravilla, su amor por la aventura. Cooper y Schoedsack eran dos aventureros, acostumbrados a filmar en exóticos lugares, el personaje de Carl Denham (Robert Armstrong) es un alter ego de ellos mismos. Creo que en este amor por la aventura que no carece de romanticismo radica la razón principal por la que el espectador no puede evitar sentir simpatía por el gigantesco Kong.

En ningún momento de la película los directores intentan crear simpatía por Kong, todo lo contrario: vemos como aplasta personas con sus pies con deliberado sadismo, a otros los mata con sus mandíbulas, crea caos y destrucción a su paso. Pero cuando llega la famosa escena en el Empire State Building, no podemos evitar sentir pena y tristeza por él. Kong simboliza el romanticismo y la maravilla por todo aquello que el progreso ha ido eliminando: la magia, lo desconocido. Con la muerte de Kong mueren las islas desconocidas, los territorios inexplorados, las criaturas monstruosas supervivientes de otros tiempos. Ahora todo está descubierto y explorado gracias a los satélites y el GPS. Ya no hay secretos en el mundo, los únicos secretos que quedan están en nuestro propio cuerpo y en el universo, en las lejanas galaxias.


Otra razón por la que Kong acaba recibiendo nuestra simpatía es que las cosas que hace las hace por amor a esa misteriosa criatura pálida y rubia y bella que le fascina desde el primer momento que sus ojos se posan en ella. Y no es difícil comprender por qué. Fay Wray dota a Ann Darrow de una tremenda sensualidad, a la que contribuyó la indicación de Cooper de que no llevara ropa interior: todos los vestidos debían caer directamente sobre su piel desnuda. Con una excepción: lleva ropa interior cuando Kong la secuestra ya que el simio gigantesco se iba a encargar de hacer desaparecer el vestido.

Otro aspecto que a mí me gusta mucho es el desprecio por el realismo. Ninguna de las criaturas que aparecen en Skull Island son posibles, ni siquiera los dinosaurios que salen son realistas. Y la verdad es que a quién le importa. En ese momento estás ya metido de lleno en la misteriosa jungla corriendo para salvar la vida y no te paras a pensar si lo que ves es posible o no, a lo que contribuye el ritmo acelerado del que dotan los directores a la película.

Pero no se puede comentar King Kong sin mencionar el arte de Willis O'Brien, pionero de los efectos especiales y la stop-motion. Su obra no sólo destaca por ser el primero, también porque, al igual que su ilustre discípulo Ray Harryhausen, supo dotar a sus creaciones de una personalidad propia, unos movimientos que los hacían reconocibles. Si bien en términos de tecnología se han hecho avances increíbles, no habrían sido posibles sin el inspirador trabajo de artistas como O'Brien. Visto hoy día, su trabajo seduce, o por lo menos a mí me seduce, por el encanto que transmite, una gran técnica y habilidad que  hace que los efectos te mantengan dentro de la historia.

Sentido de la maravilla, romanticismo y aventuras, son todos ingredientes que contribuyen a crear esta obra imperecedera del séptimo arte. Un clásico eterno. Si queréis disfrutar de este clásico en casa no os recomiendo la edición que sacó Manga Films, de calidad visual algo pobre, aunque contiene un interesante comentario a cargo de un historiador de cine, porque se trata de la versión censurada. King Kong se estrenó antes de que el código Hays entrara en funcionamento, pero en los siguientes restrenos a partir de 1936 se le aplicó; eso conllevó a que se hicieran varios cortes para que la película fuera aceptable para la censura del  momento. La mejor edición hasta ahora es la edición de dos discos de la Warner de importación que incluye la versión completa sin censurar de la película. Esta edición fue hecha mientras se preparaba la nueva versión de Peter Jackson, por lo que Jackson aprovechó para reconstruir una escena cortada por los directores en su momento y perdida en la cual unos marineros son atacados por arañas gigantes. Siguiendo los diseños dejados por O'Brien, se recrea la escena de las arañas, pero por respeto a la película, la escena se incluye aparte sin la intención de incorporarla al metraje original sino como una curiosidad para los fans.

Como ya he mencionado, en el 2005 Peter Jackson estrenó una nueva versión de la película. Jackson muestra su amor por la película original y el cine de aventuras clásico en una película auténticamente fantástica que es una pura maravilla. Una película que te transporta a un mundo increíble y que a pesar de su duración no se hace pesada. A mí hay trozos que hasta se me hacen cortos. Pero no es la única película que ha inspirado King Kong.

En 1933, ante el arrollador éxito de la película, Schoedsack dirigió El hijo de Kong (The Son of Kong), en la que Carl Denham vuelve a Skull Island para encontrarse al hijo de Kong, como podéis haber deducido. La película incluye algunas buenas animaciones de O'Brien, pero se nota que se hizo deprisa para aprovechar el éxito de King Kong y no es muy espectacular, aunque no deja de ser curiosa. Los japoneses incluyeron a King Kong en varias kaiju eiga (películas de monstruos) como King Kong contra Godzilla (King Kongu tai Gojira, Ishiro Honda, 1962). También se hicieron algunos telefilmes y series de televisión (de imagen real y dibujos animados) pero tal vez la producción más conocida sea el remake que se hizo en 1976 y que fue un fracaso. Al parecer se gastaron 25 millones de dólares (La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977) costó 10), pero no en efectos especiales, porque no son muy destacables ya que el productor Dino de Laurentiis insistió en que Kong fuera interpretado por un hombre dentro de un traje. Fue dirigida por John Guillermin y protagonizada por Jeff Bridges y Jessica Lange. Pero la verdad que no recuerdo mucha cosa de la película, aparte de Jeff Bridges gritando: "¡Bastardoooos!" hacia el final.

La verdad que no sé de qué otra manera decirlo, pero es que amo King Kong. Desde que tenía cinco años hasta ahora. Amo su magia y su romanticismo y su gigantesco gorila enamorado. Y posee un sentido de la maravilla que cada vez encuentro más a faltar en el cine actual.

 






1 comentarios:

Javi dijo...

Es de esas pelis que siempre recordarás de cuando la viste de niño: King Kong encima del rascacielos con sus movimientos desarticulados, qué bueno! Es un clásico de este género.
Me llamó mucho la atención lo que comentas de que los japoneses lo incluyeran en películas en las que aparecía también Godzilla; eso es aprovechar el tirón y lo demás son cuentos chinos, o japoneses jaja.
También me acuerdo perfectamente de la versión de Jeff Bridges y Jessica Lange, creo; lo único bueno de esta peli es que jessica estaba preciosa; prefiero la de Peter Jackson a esta versión que has comentado de los 70. Un saludo, Raül.

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