20 abr. 2012

Susana Martínez era una excelente empleada

(para escuchar mientras se lee)


The seaweed on the shore cries out,
But only it knows what about..
Edward Gorey, Verse Advice

(El alga en la orilla lanza un chillido,
pero sólo ella sabe el motivo.
Consejos en verso)

    Marta Lumen llegó cansada de trabajar. En realidad, asqueada sería un término más exacto.
    
    Marta Lumen llegó asqueada de trabajar. Cerró la puerta de casa al tiempo que soltaba un suspiro.

    -Holaaa… ¿Hay alguien?

    Por alguien, Marta se refería a su compañera de piso, Florencia Masson. No recibió ninguna respuesta, estaba sola en casa. Entonces se duchó, se puso el pijama, se sirvió una copa de vino, se sentó en el sofá cómodo del salón y se puso música. Nellie McKay empezó a sonar. Aparte de la copa de vino, con ella llevaba Happiness ™ de Will Ferguson. Se estiró como una gata en el sofá soltando un suspiro, este de placer.

    Abrió el libro. En el mismo y preciso instante que empezó a leer la primera palabra de la primera frase en la que había dejado anteriormente el libro, empezó a sonar su teléfono móvil.

    Se levantó y fue a su habitación a coger la maldita cosa.

    -¿Diga?

    -¿Hablo con Marta Lumen?

    -Sí, yo misma.

    -¿La señorita Marta Lumen es usted?

    ¿Realmente me ha llamado “señorita”? Que años sesenta, pensó Marta.

    -Sí, soy yo.

   -Verá, la llamo porque hace un mes usted realizó una entrevista con nosotros y nos gustaría saber si todavía está interesada en el puesto.

    -Sí, sí. Sigo interesada, muy interesada. Pensaba que ya se había cerrado la oferta, que el puesto ya no estaba vacante.

    -Y es cierto, pero hemos tenido algunos problemas con la candidata que habíamos elegido y hemos tenido que dejarla ir. Como usted era la siguiente mejor opción…

     Vaya, eso no suena precisamente halagador.

    -En fin, si todavía le interesa el puesto es suyo.

    -Oh, muy… bien, sí. Pues… ¿cuándo os va bien que me incorpore?
            
***
           
    El edificio de la Empresa se alzaba hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Ésa es la impresión que tuvo de él Marta una vez llegó en su primer día de trabajo allí. Con paso decidido entró y fue directa a los ascensores, marcó el 40 y se preparó para empezar el primer día del resto de su vida. No más languidecer en trabajos sin salida. Había llegado el momento de la verdad.

    Cuando el ascensor llegó al piso 40 y abrió sus puertas, Marta salió con paso firme y decidido… y se dio cuenta de que no tenía ni idea de adónde ir.

    ¿Es posible que hayan cambiado la planta entre el momento que me entrevistaron y ahora?

    Miró a la derecha. Un pasillo. Miró a la izquierda. Una puerta. Miró al frente. Otro pasillo.

    Siguiendo una intuición siguió el pasillo de la derecha. Cuando llegó a los lavabos dio la vuelta y siguió el otro pasillo que había visto. Bueno, era útil saber donde estaban los lavabos.

    Aquel pasillo, pasados un par de despachos, desembocaba en una gran extensión de cubículos que se extendían como un crucigrama tridimensional. Mirando aquí y allá para ver con quién empezaría a trabajar se dirigió al despacho del fondo. Aquel era el despacho de Miguel Luján, quién le había hecho la entrevista un mes atrás.

     Tímidamente llamó a la puerta.

     -¿Sí? Come in.

     -Hola, Miguel. Soy Marta, empiezo hoy…

     -Ah, sí, sí. Of course. Marta, adelante. ¿Qué tal? ¿Lo has encontrado todo bien?

     -Eh… sí. Ningún problema, no.

     -Ah, bien. Es que cambiamos la planta entre el momento que te entrevistamos y ahora, para funcionar con mayor eficacia, you know. Feng sui. Feeeeng sui.

     -Bueno, sí. Lo he notado, sí. Me parece muy… innovador.

     -Yo también lo creo. Te hemos encarado hacia el norte. Espero que no sea un problema.

     -No, no. Perfecto.

     -Venga, te acompaño.

     Miguel guió a Marta entre los cubículos hasta llegar al que tenía asignado. Era bastante ordinario: una mesa, una papelera, un ordenador. Las paredes estaban vacías. Al lado del ordenador había un cactus.

     -Pues mira, aquí tienes. Desde la empresa animamos a nuestros empleado a decorar su lugar de trabajo como les parezca bien para sentirse más a gusto. El cactus lo he puesto para que absorba las radiaciones del ordenador. Espero que no te importe. Do you mind?

     -Esta bien, gracias. Bien.

     -Perfecto, entonces. Te dejo a lo tuyo. Toma.

     Miguel le pasó un papel en el que había una serie de seis números y seis letras. Marta lo cogió y lo leyó intrigada.

     -¿Y esto es…?

     -Tu contraseña para el ordenador y la red interna.

     -Oh, claro. Bien.

     -Para cualquier pregunta, cualquier duda, cualquier cosa, en aquel cubículo de allá está… espera, que lo llamo. ¡Rudy! ¡Ruuuudy!

     Tres cubículos a la derecha del suyo, Marta vio como se levantaba un hombre delgado y bajito. Con el pelo peinado hacia delante tapando una calva, vestía una camiseta morada y pantalones amarillos. Se acercó con cara intrigada.

     -Este es Rudy. Rudy, Marta.

     Rudy le tendió la mano a Marta, que la estrechó brevemente.

     -Rudy es nuestro experto en computers. Por eso me gusta tenerlo al alcance de todos, right, Rudy? Bueno, je, je, je, os dejo a lo vuestro. Marta, ya sabes donde estoy. Bye!

     Miguel se fue de vuelta a su despacho.

     -En realidad me llamo Rodolfo. No me llames Rudy, lo odio.

     -Ah, vale.

     Sin más ceremonias, Rodolfo se sentó en la mesa de Marta, encendió el ordenador y cogió el papel de la mano de Marta. Una vez el ordenador se hubo iniciado, Rodolfo le señaló la pantalla.

     -Mira, aquí pones esta primera línea y le das al enter. Entonces, aquí pones la otra línea y le das al enter de nuevo y… ya está. Es fácil, ya puedes ponerte a lo tuyo.

     -Gracias. Bien.

     -Cualquier cosa, ya sabes donde estoy.

     -Sí.

     -Pues nada, shalom.

     Rodolfo volvió a su puesto.

     Marta se sentó. Notó con desagrado que en el poco tiempo que Rodolfo se había sentado en su silla la había dejado bastante caliente.

     Muy bien. A trabajar.

     Marta puso los dedos sobre el teclado. Miró su mesa vacía a excepción del cactus. Recolocó sus manos del teclado a sus muslos. Miró por la ventana que tenía a su izquierda. Abrió los cajones de su mesa, todos vacíos.

    No sabía que hacer. La pantalla del ordenador no le daba ninguna información. Pensó en levantarse a preguntarle a Miguel dónde estaba el trabajo que se suponía que tenía que hacer, ¿pero no la haría quedar eso como una idiota?

    Entonces una mujer alta, rubia, con la cara muy maquillada entró en su cubículo, de pronto muy pequeño, leyendo unos papeles que tenía en la mano.

     -Susana, hazme el favor de comprobar si estos informes…

     -Marta.

     -¿Eh?

     -Me llamo Marta. Marta Lumen. He empezado hoy aquí.

    -Oh, perdona, perdona. Yo soy Luisa. Estoy tan acostumbrada a ver a Susana aquí que he no me he acordado de que se había marchado.

     -No pasa nada. Tranquila. ¿Quieres que mire unos informes?

     -Sí, mira. ¿Ves estos flows de aquí? ¿Y estos inputs? A ver si me lo puedes arreglar.

     -Claro que sí. (¿De qué coño está hablando?) Yo te repaso los informes y los corrijo.

     -Ay, gracias. Y perdona por la confusión, ¿eh?

     -No, tranquila. Si no pasa nada.

     -Vale. Luego me paso a buscarlos.

     Marta empezó a leer los informes. Aparentemente trataban sobre la comercialización de unos osos de peluche. Mientras leía, le vino un extraño pensamiento a la cabeza.

     ¿No había dicho Miguel que habían cambiado la distribución de la oficina durante el mes pasado? ¿La tal Susana no se había marchado ya? En teoría, Luisa no había visto nunca a Susana donde estaba ella ahora. Marta sacudió la cabeza y alejó esos pensamientos sin sentido de la cabeza. Se puso a trabajar.

    Llevaba ya unas tres horas con los informes cuando le apeteció un café. Recordaba haber visto una máquina dispensadora de camino a los lavabos y para allí que se fue.

     Efectivamente, la máquina de café se encontraba allí. No muy diferente a cualquier otra máquina de café, ofrecía la típica selección. Metió unas monedas en la máquina y estaba a punto de apretar el botón del café con leche cuando alguien le habló a sus espaldas.

     -¡Espera! ¡No aprietes!

     Era Miguel, que venía hacia ella a medio correr.

     -Se me había olvidado. Toma, necesitas esto para la máquina de café.

     Miguel le dio un palo de unos diez centímetros.

     -¿Para qué es esto?

    -Veras, la máquina no va muy bien y a veces da calambres. Por lo que es mejor apretar los botones usando un palo. Todos tenemos uno. Venga, hasta luego.

     -Vale. Hasta luego.

     Marta apretó el botón con el palo que le acababa de dar Miguel. Pero no pasó nada. Apretó con más fuerza, pero nada. Miró la máquina. ¿Había hecho algo mal?

     -Hola, ¿qué tal? Eres la nueva, ¿no?

     Marta se giró hacia la nueva voz que le había hablado. Pertenecía a un hombre de unos treinta años, pelo al uno, muy pálido y con unos kilos de más. Vestía un traje rosa.

     -Sí. Me llamo Marta.

     -Hola, Marta. Me llamo Rubén. ¿No va la máquina?

     -Pues, no sé. Se me ha quedado las monedas.

     -¿Qué te habías pedido?

     -Un café con leche.

     Rubén, sin usar ningún tipo de palo, apretó el botón del café con leche con un dedo al tiempo que decía: ubik. La máquina empezó a servir el café con leche.

     -Ya está. Es que es un poco temperamental.

     Marta le dio las gracias a Rubén. Volvió a su cubículo pensando que Miguel le había tomado el pelo con el asunto del palo. Algún tipo de inocentada por ser la nueva, tal vez. ¿La gente todavía hacía aquellas cosas? En fin, mejor no darle más importancia de la que tenía. Volvió a concentrarse en los informes.

     Luisa volvió a pasarse por el cubículo de Marta, con más informes para repasar.

     -¿Ya has terminado? Perfecto, perfecto. ¿Puedes mirarme estos ahora, Susana?

     -Marta.

     -Ay, sí. ¿Puedes mirarme estos ahora? Gracias.

     Marta repasó aquellos informes. Y al cabo de un par de horas volvió a buscarse un café. Se fue para la máquina. Introdujo las monedas y apretó el botón del café con leche. En el mismo instante en que ponía su dedo sobre el botón, recibió una dolorosa descarga eléctrica. Soltó un pequeño grito de dolor y empezó a frotarse el brazo.

     -Acuérdate del palito. –Le dijo Miguel mientras se servía él mismo un café usando su palo para apretar el botón.

     Aquel día no sucedió nada más de interés.

***

   Después de un par de semanas trabajando allí, Marta empezó a acostumbrarse a las diversas excentricidades de la gente que trabajaba con ella. Eran una inagotable fuente de anécdotas que contar cuando quedaba con sus amistades para ir de fiesta. En aquel momento no les dio mucha importancia.

     Sin embargo, la cosa cambió al cabo de un mes. La planta en que trabajaba se preparaba para recibir la visita del director regional, Juan Lacos. Éste normalmente trabajaba en las plantas superiores, donde se encontraban las oficinas de dirección, sin embargo gustaba de visitar las plantas inferiores como una manera de animar a sus tropas.

     La mañana de la visita, Marta estaba procesando datos en su ordenador. El cubículo tenía ahora un aspecto más animado gracias a las fotos que había ido colocando donde se la veía de vacaciones o con amigos. Además, tenía distribuidos por la mesa algunos muñecos blandos.

     Llegó Luisa y Marta cogió uno de los muñecos.

     -¿No estás superemocionada con la visita de nuestro director regional, Susana?

     -Marta. –Empezó a apretar el muñeco con fuerza.

     -¿No estás superemocionada con la visita de nuestro director regional, Marta?

     -Sí, bueno. Tengo curiosidad por conocerlo, sí.

     -Ya verás, ya verás. Es superencantador.

     Luisa volvió a sus quehaceres, que Marta estaba convencida que eran inexistentes. Al cabo de un par de horas empezó a oírse un murmullo por toda la planta. La gente se levantó excitada. Marta se levantó curiosa y entonces vio por primera vez al director regional Juan Lacos. Era un hombre rubio que medía aproximadamente dos metros. Tenía la cara alargada y delgada, con unos ojos azules muy penetrantes. Caminaba rápidamente, deteniéndose de vez en cuando en algún cubículo. Detrás del director, un hombre, Marta supuso que su ayudante o secretario, corría con una pequeña grabadora con la que recogía todas las palabras que decía. Porque el director regional Juan Lucos hablaba sin parar, un monólogo ininterrumpido que ignoraba completamente a la persona frente a la que se paraba. Cada vez estaba más cerca de Marta.

   -Controlando el flow y el input, las mesas enfrentadas, lloran los narcisos, estadísticas de taburete, tenemos málagia. El patastrato frente la crina, datos datos datos, fluye el lunes, no más pastelillos. Sillas que miran mal, déjame que mire el feedback

     Se paró frente a Marta la miró con esos ojos azules estaban fijos en un desconocido más allá.

    -Cuando el suelo se derrite, mira las estrellas, dijo la puerta. Tenemos piernas, no sé donde, transparente se cae el tiempo. Altramuces. No, no, no, el gato de fuego. Castañas, tengo aire en las uñas…

     El director regional siguió su camino, su voz se convirtió en un lejano murmullo hasta desaparecer. Detrás el secretario o ayudante le seguía grabando todas y cada una de sus palabras.

     -Desconcertante, ¿verdad?

     Marta vio a su lado a Felipe, uno de los más normales que trabajaba allí. Estatura media, ni gordo ni delgado, iba vestido con un traje verde fosforito.

     -Sí que lo es. ¿Tiene alguna enfermedad o algo?

    -No. Está así desde que Jesucristo se le apareció en una visión y fue ascendido a director regional. Aunque teniendo en cuenta que somos una multinacional yo diría que más bien se le apareció Mammon. Pero, bueno, por algo yo no estoy en la dirección. En fin, hasta luego.

     La explicación la dejó aún más desconcertada.

***

     Una tarde Marta llegó a casa, dejó caer sus cosas en el recibidor, se sentó en el sofá del salón y se puso a llorar. Llevaba dos meses trabajando en la Empresa.

   Cuando Florencia oyó los sollozos de Marta y su inconfundible cualidad desesperada, fue inmediatamente a consolar a su amiga.

     -Pero, cariño, ¿qué te pasa? ¿qué tienes?

     -Están todos locos, Florencia. Locos. Ya no puedo más. Voy a acabar sonada como ellos.

     -Pero búscate otro trabajo, mujer. Si no estás bien tienes que largarte de allí. Dimite mañana mismo.

     -Es lo que quiero. Quiero dejarlo, irme y olvidar que alguna vez he estado allí.

     -¿Y por qué no lo haces?

     -¡Porqué no puedo!

     Marta siguió llorando una media hora.

***

     Llegó el día en que a Marta se le apareció el Wub. Ella no tenía ni idea, claro. Por ese motivo no hizo ningún tipo de preparación especial. Se encontraba tecleando tranquilamente, lanzando una lánguida mirada por la ventana de vez en cuando, no muy diferente del niño que aburrido en clase espera que llegue la hora del recreo. Y, de repente, el Wub estaba allí. Lo primero que notó fue su sombra. Extrañada giró la cabeza y lo vio.

    El Wub medía 1,99 metros exactamente. De color rosa carne, su cuerpo estaba cubierto por un exoesqueleto no muy diferente del de una cucaracha. En el torso tenía una serie de pequeños tentáculos que se agitaban dependiendo del estado de ánimo que tuviese. Su cabeza era redonda, sin nariz, presidida por dos grandes ojos de un desvaído color gris. Su boca tenía dos fuertes mandíbulas sobresalientes, como la boca de una araña. No tenía brazos ni manos ni garras, sus únicas extremidades eran dos piernas muy humanas, fuertes y torneadas como las de un atleta olímpico.

    Marta gritó y gritó. Se dejó caer al suelo y se cubrió la cabeza con los brazos en un intento de protegerse.

     -¿Marta? ¿Te encuentras bien?

     Era Miguel. Levantó a Marta del suelo la cual miraba en todas direcciones, temerosa de volver a ver a aquella criatura. Miguel la acomodó en su despacho, le dio un vaso de agua.

     -Tengo que decirte que el Wub lamenta mucho haberte sobresaltado de esa manera. Desde luego, no era su intención asustarte, you know.

     -¿El… el Wub?

    -Eh, sí. El Wub. Nuestro director ejecutivo. Pero has estado haciendo un trabajo tan bueno que ha querido venir en persona a felicitarte. Eres muy afortunada. Very lucky girl.

     -¿Lo soy?

    -Pues claro que sí. ¿Sólo dos meses trabajando aquí y viene el Wub en persona a felicitarte? Mucha gente envidiaría tu suerte. Very, very lucky.

     -Vaya. Pues… pues no tenía ni idea. No.

     -Mira como te veo que estás algo alterada, go home un par de días y descansa. Entiendo que ver al Wub por primera vez puede ser algo aturullante. Anda, vete a casa y descansa.

***

    Cuando Florencia llegó a casa y vio que Marta ya estaba allí se preocupó. Últimamente Marta no era la misma, no sólo era que tuviese aspecto cansado sino que estaba muy tensa y nerviosa. Todo por ese estúpido trabajo.

     -¿Marta? ¿Todo bien?

     -Sí. No. Es que me he encontrado algo mareada. Creo que a lo mejor estoy pillando la gripe o algo. Me han dejado salir antes y tengo fiesta mañana. Voy a aprovechar para descansar.

     -Ah, vale, bien. Pues nada, si necesitas algo…

     -Pues, sí, mira. Si no te importa puedes ir a buscarme una cosa que se me ha olvidado en el trabajo. Si te va bien.

     -Claro que sí. No te preocupes.

     -Gracias.

***

    Florencia llegó a la dirección que le había indicado Marta. Volvió a leer las indicaciones que le había dado para asegurarse. Sí, era el sitio correcto. Marta le había dicho que trabajaba en un gigantesco rascacielos, pero aquel edificio de oficinas no podía tener más de cinco plantas. No es que se pudiese decir que fuese el Empire State Building. Entró y miró en el directorio que había en el vestíbulo. Marta no le había dado dicho el nombre de la empresa porque decía que era la única en todo el edificio, sin embargo allí había indicadas ocho empresas distintas. Florencia decidió ir a la del último piso, una empresa llamada Juguetes Ocsa que supuso tenía ahí sus oficinas comerciales, y si no era, ir bajando.

    Resultó que ésa era la empresa. Le preguntó a una joven recepcionista que tenía una mesa justo al salir de los ascensores. La joven le indicó el lugar donde Marta trabajaba. Mientras recogía la bolsa que se había olvidado Marta, se le acercó una mujer rubia y alta, supuso que era Luisa por la descripción que había hecho de ella Marta.

     -Hola. ¿Eres amiga de Marta? ¿Se encuentra bien?

     -Sí, vengo a recoger unas cosas que se ha dejado. Está un poquito constipadilla y ya está.

     -Ah, bien. Bueno. Si necesita cualquier cosa que lo diga.

     -Sí, ya le diré. Gracias.

***

     -Toma, te dejo la bolsa aquí.

     -Vale, gracias. ¿Qué te ha parecido el sitio?

     -Pues, no sé. Normal. La típica oficina.

     -¿Te has tomado un café allá?

     -No, no. ¿Por qué?

     -No, por nada. Da igual.

***

     Marta aprovechó bien su día de fiesta. Se levantó temprano, a las seis de la mañana, y se duchó y vistió rápido y salió de casa. Aparcó cerca de la Empresa, pero no demasiado. El sitio justo para poder vigilar la entrada pero que no la vieran.

    A las siete y media empezaron a llegar sus compañeros de trabajo. Todos perfectamente anodinos y vulgares, sin ropas chillonas ni sombreros extraños ni palitos en sus manos. Y fue todo lo que necesitaba para verlo claro.

    Todos estaban confabulados contra ella. Todo formaba parte de un meticuloso plan para volverla loca. Seguro que le habían metido alguna droga en el café que la había hecho alucinar y por eso había visto aquella cosa. Todo estaba tan claro ahora.

     Necesitaba un plan de acción. Algo tenía que hacer.

     La respuesta se presentó por si misma. Tenía que matarlos. Matarlos a todos.

***

    Marta no poseía armas de fuego de ningún tipo ni tenía idea de dónde conseguir una rápidamente sin permisos ni nada. Por tanto se vio obligada a escoger entre los distintos cuchillos que tenía en casa para usarlos como arma. Sería más lento, pero una ha de trabajar con lo que tiene.

    Llegó a la oficina como cada día y se fue directa al despacho de Miguel. Antes de que este pudiese decir “buenos días”,  Marta saltó sobre él con toda la ira y frustración que había acumulado durante todo el tiempo que llevaba allí.

   El cuchillo que finalmente había decidido llevarse Marta era un cuchillo de chef  que Florencia había comprado ofrecido de promoción en un periódico. Como estaba pensado para trabajar en todo tipo de carnes, vegetales y pescados, no tuvo muchos problemas para clavarse en el pecho de Miguel. Claro que la furia con que lo empuñaba Marta también fue un factor decisivo.

     Marta fue la primera sorprendida ante el resultado de su acción. Se había preparado mentalmente para el inevitable derramamiento de sangre que normalmente acompañaba estas situaciones. Esa fue la primera sorpresa. Miguel no sangró. De hecho, apenas reaccionó. Marta se apartó de él, muda. Miguel miró el mango del cuchillo que sobresalía de su pecho, como alguien se miraría una peca que ve por primera vez en la piel de su pecho. Con la mano izquierda cogió la empuñadura y se sacó el cuchillo. Un líquido amarillento se salió por la herida que había quedado pero poco, enseguida cesó. El cuchillo había quedado cubierto por ese líquido amarillento.

     Miguel se levantó y abrió una de las ventanas de su despacho.

     -De verdad, Marta, que esperaba que no tuviéramos que llegar a esto. I was really hopening it. Con el gran trabajo que estabas llevando a cabo.

     -Yo… yo, no…

     Miguel se acercó a Marta y se puso a su espalda. Delicadamente la llevó hasta la ventana.

     -Que sepas que me sabe muy mal hacer esto. I’m very sorry.

     Miguel empujó a Marta por la ventana.

***

    Cuando el juez Domingo González autorizó el levantamiento del cuerpo, una par de enfermeros se llevaron los restos de Marta.

     -Ha quedado muy destrozada para haber caído cinco pisos.

    El juez González miró al agente de policía que había dicho aquello sin responderle. Una vez se marcharon la policía, los curiosos y los periodistas, entró en el edificio y subió, ahora sí, hasta el piso 40. Allí le esperaban Miguel y el Wub.

     -Bueno, ya está arreglado todo. Un suicidio normal y corriente.

     -Excellent, excellent. Lamentamos mucho todas estas molestias. De verdad, que pensamos que duraría más que la anterior chica. Dos meses, tampoco está mal.

     El Wub agitó sus mandíbulas.

     -Por supuesto, señor. Pero es que el caso de Susana Martínez es difícil de superar.

     El juez todavía no captaba las sutilezas del lenguaje Wub y le preguntó a Miguel que había dicho.

    -Hablaba de Susana Martínez. Estuvo con nosotros a very long time. Dos años. Pero, claro, Susana Martínez era una excelente empleada.

2 comentarios:

Einer dijo...

Me ha molado, está muy bien. Especialmente me ha gustado lo del palo anticalambres.

El final pensaba que iba a ser diferente, que la muerte del jefe y la de ella serían reales y que toda la paranoia estaría sólo en su cabeza, así que también me ha molado porque me ha pillado por sorpresa.

Raül Calvo dijo...

Creo que resulta más interesante tener a personajes cuerdos en lugares dementes (pero reales) que lo inverso.

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