19 abr. 2011

Cómo el último Starfighter fue el primero


Entre el dramatismo, la seriedad y la violencia de los 70 y la sosería, lo políticamente correcto e intrascendente de los 90, uno no puede más que amar los 80 y la diversión y el desmadre que nos proporcionaron, tanto en el cine para todos los públicos (Una pandilla alucinante [The Monster Squad, Fred Dekker, 1987]) como en el cine "de mayores" que veíamos de pequeños ([Re-Animator, Stuart Gordon, 1985]). Fijémonos en uno de los títulos más memorables de la década (dejando de lado la oeuvre de Spielberg & Lucas): Starfighter: la aventura comienza (The Last Starfighter, Nick Castle, 1984).

Starfighter se dedica a hacer realidad una de las fantasías adolescentes más absurdas que se le podían ocurrir a uno con gran estilo y gracia: Alex Rogan (Lance Guest) es un experto jugador de Starfighter, un videojuego en el cual se dedica a destruir naves espaciales enemigas. Y es tan bueno jugando que es reclutado por la Liga Estelar para luchar contra el malvado Xur, ya que al parecer el videojuego es una herramienta que sirve para detectar Starfighters  a lo largo del universo.

Los videojuegos y el mundo de los ordenadores en general empezaba a desarrollarse a lo grande en la era dorada de los calentadores. El cine pronto empezó a reflejar estos avances, con títulos como la pionera Tron (Steven Lisberger, 1982), la cual imaginaba todo un universo dentro de las computadoras donde los programas se enfrentaban en juegos a muerte. Otro título interesante en este aspecto es la entrañable Juegos de guerra (WarGames, John Badham, 1983), en la cual un joven Matthew Broderick provoca sin querer la posibilidad de una III Guerra Mundial al introducirse en una megacomputadora que controla el sistema de defensa de Estados Unidos (algo que recuerda a la clásica Colossus: el proyecto prohibido [Colossus: The Forbin Project, Joseph Sargent, 1970]).


En el caso de The Last Starfighter se trata de convertir el videojuego en una especie de espada en la piedra. Igual que Arturo demuestra su poder sacando la espada de la piedra, Alex demuestra su potencial batiendo todos los récords del juego. De ahí la película evoluciona hacia una de esas historias de superación personal que tanto gustan a los norteamericanos. Alex vive con su familia en un parque de caravanas, es decir, no son millonarios precisamente. Alex sueña con irse de ese lugar e ir a la universidad, pero le deniegan el préstamo para sus estudios con lo cual se ve atrapado allí de por vida. Es entonces que se le presenta la oportunidad de convertirse en Starfighter.

Nick Castle, director, y Jonathan R. Betuel, guionista, fueron lo suficientemente inteligentes para evitar hacer una copia de Star Wars introduciendo una trama secundaria que transcurre en la Tierra, protagonizada por un robot dejado allí para que nadie note la ausencia de Alex, que se intercalada con las batallas espaciales. Las peripecias del robot intentando pasar por humano y perseguido por asesinos espaciales determinados a acabar con todos los Starfighters le dan un aire propio a la película.

Esta película fue la última que hizo el gran Robert Preston, que murió poco después. Dan O'Herlihy hace un gran trabajo como Grig, sabiendo transmitir su interpretación a pesar de tener que trabajar bajo capas de maquillaje. Para los mitómanos, tenemos como Maggie, la novia de Alex, a la guapa Catherine Mary Stewart, a la cual recordaréis de otro clásico ochentero: La noche del cometa (Night of the Comet, Thom Eberhardt, 1984).

The Last Starfighter se ha ganado su puesto en la historia del cine por ser la primera que utilizó efectos especiales generados por ordenador durante toda la película. Todo lo que tenía que ver con el espacio (las naves, los planetas, las estrellas) y algunos otros pequeños detalles fueron generados por ordenador. La previamente mencionada Tron incluía algunas partes animadas por ordenador, de forma primitiva, pero la gran mayoría fue animada a mano, de modo tradicional. En la genial Star Trek II: la ira de Khan (Star Trek: The Wrath of Kahn, Nicholas Meyer, 1982) también se incluía un breve fragmento de animación fotorrealista. Pero es en The Last Starfighter que se usó animación por ordenador fotorrealista de principio a fin.

La compañía encargada de los efectos, Digital Productions, ya había realizado una primitiva animación de naves espaciales para George Lucas en 1978 que, aunque finalmente no se usó, impulsó a la Industrial Light and Magic, o ILM, a ponerse las pilas en ese aspecto. Para 1984 se había realizado un gran avance, aunque actualmente es evidente que todavía se estaba al principio del proceso. Mientras que las naves resultan convincentes, ciertamente se nota que son artificiales pero no tanto como para sacarte de la película, algunos escenarios como el interior de un cráter resultan extremadamente simples y falsos. La razón de ello es que, como explica el mítico Ron Cobb encargado de diseñar la película y supervisar los efectos en el audiocomentario del Blu-ray, para crear entornos detallados con la tecnología que tenían entonces necesitaban mucho más tiempo del que tenían para hacer la película, con lo cual se vieron obligados a simplificar los escenarios.

Hay que reconocer el valor que tuvo el equipo de cineastas en embarcarse en algo que nadie había hecho antes y que no se sabía si era posible hacer. Después de esta película, la animación por ordenador siguió evolucionando aunque no fue usada de manera masiva hasta los 90. Pero poco a poco se pudieron ver los avances: del caballero de cristal de El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, Barry Levinson, 1985) hasta el morphing de Willow (Ron Howard, 1988) y de ahí al tentáculo de agua imitador de caras de The Abyss (James Cameron, 1989), lo que llevó al T-1000 de Terminator 2: el juicio final (Terminator 2: Judgment Day, James Cameron, 1992). Y el resto es historia.

Finalmente, dejando de lado sus primerizos efectos digitales, The Last Starfighter queda como una estupenda película de aventuras espaciales, con unos toques algo cursis pero divertidos, que nos ofrece 100 minutos de imperecedero y sólido entretenimiento.

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